miércoles, 30 de diciembre de 2009

Del significado y el significante, primera parte: la ciencia del asombro

Millones de leyendas circulan por doquier. Las hay que explican el origen del mundo, del hombre, de todo lo que nos rodea incluida cada piedra cada montaña, cada rio. Es claro que desde los presocráticos hasta nuestros días, hemos necesitado saber la respuestas a esas preguntas. Y hasta que los gringos inventen la máquina del tiempo (¿la tendrán guardada en algún sótano?) vamos a tener que recurrir a nuestra imaginación.

Sin embargo yo me pregunto, ¿cuál sería el valor agregado de conocer esas respuestas? O dicho de otra manera, ¿no está ese conocimiento inscripto en nuestra memoria genética? Te tembló la columna; ya lo sé. Pensemos en esto: los griegos le encontraron el alma al hombre con el simple asombro. ¿No es fuerte? No usaron alta tecnología, ni aparatos sofisticados de medición. Así todo, pusieron las bases de lo que luego sería la ciencia moderna, que se convirtió rápidamente en un buen negocio. Así apareció la tecnología: ni más ni menos que las aplicaciones de la ciencia. No digo que esté mal. Sólo estoy dando cuenta de un hecho objetivo.

Pero no me animo a comparar, o trazar un paralelismo entre las dimensiones de los descubrimientos de aquellos con los avances que vemos hoy en día por los medios. Y no es que no doy valor a la penicilina, por poner un ejemplo al azar. Estoy hablando de cosas que hayan puesto un codo en la historia de la humanidad y que la hayan hecho crecer en su totalidad. Pienso ahora, los griegos intuyeron la presencia del alma. Pero la ciencia moderna, ¿la pudo “ver”?

Perdón, me olvidé. No todos creen en la existencia del alma… Aunque en definitiva, no pretendo demostrar nada, ni convencerte de algo. Simplemente hago esta pregunta: ¿cuál fue la última verdad que te sacudió esa alma en la que no creés?

El proverbio latino afirma: verdad intuida, verdad aprendida. ¡Obvio! Hay otras formas de conocer.

Del significado y el significante, segunda parte: la verdad verdadera

Sin embargo, el asombro desde mi punto de vista, está hoy enmarcado en una experiencia sensorio – visual. A ver, pongamos un ejemplo. A nuestra casilla de correo llega un archivo pdf que nos muestra un perro dando vueltas como loco tratando de morder su cola; un bebé bailando delante de un plasma que muestra un video de Rihanna; accidentes domésticos en el patio de atrás de una casa; o veintitantas fotos de paisajes simétricos y –sobretodo- lejanos. ¿No me van a decir que no se asombran de eso? Y estoy dejando de lado los correos de chistes, cadenas sanadoras, búsquedas de personas y los de alto contenido erótico. ¡Impresionante! Todo en un mismo lugar, sin salir de tu casa, por el mismo precio y en tu computadora.

La ciencia ha conseguido meter el mundo en un monitor de lcd. Hay que reconocerlo, tiene su mérito. ¿Quién hubiera pensado que la realidad te llegaría por fibra óptica a $ 96,80 por mes? Sócrates, Platón, Aristóteles calientes como una pipa, porque no tuvieron la “suerte” de que la realidad se plantara delante de ellos. Por el contrario, tuvieron que salir de su casa, en una noche estrellada a mirar el cielo. Y como si esto fuera poco, tuvieron que resolver el problema del valor de la verdad. No sólo por desconfianza. Sino porque eran conscientes de aquello que existe en el hombre y que naturalmente lo hace aspirar a la verdad. Y esto es una verdad irrefutable. 

La enorme ventaja que tenemos nosotros es que no necesitamos hacer este cuestionamiento. Ya no es necesaria la desconfianza, ni quemarnos la sesera dilucidando si las cosas se definen por si mismas, o si su entidad ontológica se define por su antítesis. Sí, estoy siendo irónico.

Vamos a decirlo de una vez por todas: “las cosas de valor sumo es preciso que tengan otro origen, un origen propio, ¡no son derivables de este mundo pasajero, seductor… ! antes bien, en el seno del ser, en lo no pasajero, en la cosa en sí…” Y no lo digo yo. Lo escribió Nietzsche en Más allá del bien y del mal. Y eso que en su época no había internet. Imaginate sino…

¿Me explico? Hago un copete: la razón no puede darnos todas las respuestas. La realidad que tenemos frente a nuestros ojos no es absoluta. ¿Entonces? Hay que desconfiar. Y para esto hay que incluir en nuestro modo consciente de percibir el mundo al instinto. Como tal, el instinto tiende per se a la conservación de la especie. Moviliza la intuición para mantenernos alertas y sacudirnos. Y ojo, esto tampoco lo digo yo.

Del significado y el significante, tercera parte: develando el misterio

Antes de que desbarranque (definitivamente), voy a tomarme unos minutos para explicar un concepto. Sabrán disculpar. El significado y el significante son los elementos constitutivos del signo. Es como la cara y la seca de una moneda. No se concibe la moneda sin sus dos lados. El ejemplo clásico es el humo que se ve a lo lejos y que nos dice que hay fuego. Donde el significante es el humo y el significado es el fuego. ¿Me explico?

Ahora bien, le damos una vuelta de tuerca al tema y decimos que en la palabra sucede lo mismo. Cuando decimos por ejemplo “perro” una determinada combinación de letras genera un efecto sonoro que nos devuelve un concepto: animal cuadrúpedo, mamífero y mejor amigo del hombre. Aquí el significado es este concepto y el significante es el efecto sonoro. Y el último detalle, no por ello menor, es que el emisor y el receptor del sonido tienen en común además un mismo código para transmitir esa palabra. Exacto, comparten la misma lengua.

Quizás estoy sintetizando demasiado la idea saussureana, pero a los efectos de este blog, es suficiente. Bien, retomemos y pongamos tres ejemplos.

  • “En San Antonio de Areco la ley es papel mojado” (nota de Página 12 edición digital del 30 de diciembre de 2009)
  • “La situación de Areco está un poco mejor y los vecinos vuelven a sus casas” (nota diario La Nación edición digital del 30 de diciembre de 2009)
  • El tercer ejemplo es este
    M H T L O X D R C
    E S E N C I A L X
    F Q M E S T H C B
    I N V I S I B L E
    I H K A Ñ C W Z C
    T G H L O S N R V
    S E I O J O S T B

Los dos primeros ejemplos hacen referencia a la fuerte tormenta de finales de diciembre que puso a esa ciudad bajo el agua. Pero es evidente que, aunque ambas tocan el mismo tema, le dan un enfoque absolutamente diferente. Más allá de las ideologías, el significado que se quiere transmitir tiene tintes diametralmente opuestos. Incluso, para un lector muy ingenuo, quizás no sepa con exactitud de qué se está hablando si sólo hubiese leído el primer ejemplo.

Entonces la pregunta llega solita: ¿qué seguridad tenemos que la verdad que tenemos frente a nosotros no está parcializada? ¡La verdad se convierte en no verdad! Porque atenta contra la realidad. De aquí la necesidad de que cuando “leemos” la realidad sea imprescindible que nuestra consciencia sea asistida por una desconfianza vital, por la intuición inteligente. Seguramente hay algo más que lo que nuestros sentidos perciben. ¿Por qué? la respuesta está en el tercer ejemplo.

Si es difícil decodificar los mensajes en nuestra propia lengua, quedamos huérfanos si se cambia el código de la comunicación. ¿Será entonces que las grandes verdades nunca están a simple vista? ¿Que permanecen resguardadas para que lleguemos a ellas sólo cuando las buscamos?  Entonces cuanto más misterioso es un texto, cuanto más simbólico, más valioso es. Serán entonces sólo esos los que nos llenen de asombro.

El tercer ejemplo es una sopa de letras que encierra un mensaje codificado. Nada más sencillo. Sólo hay que saber mirar. Exactamente los mismo que hay que hacer cuando miramos el noticiero o leemos el diario.   

 

lunes, 14 de diciembre de 2009

Al que quiere celeste…

Primer Parcial 2

Hace ocho meses atrás, escribía sobre mi vuelta a los claustros. De hecho, releo la entrada y percibo expectativa y por qué no, una cuota importante de ilusión con un pequeñísimo dejo naif. Y el balance no está nada mal: cursé cinco materias, las aprobé a todas y rendí tres finales en la llamada de noviembre – diciembre. Ex profeso, dejé dos para febrero que, de haberlo decidido, las hubiera dado también en la primer llamada. Decidir esta postergación, fue lo que marcó mi año académico. Para bien, claro…

Recuperado del curso de ingreso, rápidamente tomé ritmo seleccionando las materias que iba a cursar. No fue una decisión sencilla. Quería hacerlas a todas, pero entre la complejidad de los horarios de cursada y el saber que en mayo empezaba mi nueva etapa con Pao, era claro que tendría que optar por cinco materias máximo. Así lo hice. Las más difíciles fueron las elegidas. Lo que en la jerga se denomina las materias “duras” de este primer año: Lingüística, Historia de la Literatura, Teoría Literaria, Psicología y Filosofía.

Fuimos a por ellas con alguna que otra dificultad. Pero lo más rescatable fue el haberme puesto a prueba, la adrenalina, la satisfacción que no se ha perdido la cintura y cualquier otra metáfora que se les ocurra…

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Lo único que me pasó factura fue el cuerpo. Volviendo a parafrasear a Sandrini, cuando el cuerpo (junto a la mente, claro…) me dijo basta, fue cuando decidí rendir dos materias en febrero. Y lejos de vivirlo como una frustración, me sentí muy bien haciendo esa elección: no podía poner en riesgo la escala de valores que había mantenido todo el año. Hubiera sido una exigencia demasiado grande para mí y para mi entorno.

A lo largo del año tuve devoluciones de muchas personas (algunas insospechadas) que reconocieron mi deseo de volver a estudiar en este momento particular de mi vida. Y eso fue importante para mí. Más de lo que hubiera sospechado. Porque si bien era una asignatura pendiente, fui consciente de las implicancias ahora que hago mi balance. Sí ché, estoy muy contento…

profe3

El año que viene haré las materias de primero que me faltan. Como son las más livianas, seguro que me tentaré con alguna de segundo. Pero seguramente podré mirarlas de pie sobre los hombros del gigante.