En mas de una oportunidad le dije a Ramiro que me hubiera gustado que lo conociera. Y obviamente descarto la ganas de mi viejo por conocerlo a él. Pero después de mucho tiempo caigo en la cuenta que yo soy el nexo entre los dos. Imagino una cena los tres, allá en Primera Junta, o una famosa salida Abad de cine de domingo por la tarde. Y vuelvo a pensar que soy el nexo entre los dos. Porque hoy por hoy ambos me necesitan para saber quién es el abuelo y quién es el nieto. Entonces pienso en los almuerzos familiares en Avellaneda, con mi vieja, mi hermana, las nenas… y cómo la realidad, que podría ser idéntica, me dice que con los vivos también soy el nexo.
La presencia no nos garantiza ni el amor ni la armonía. Sólo nos da la posibilidad de que nos amemos. No sin ironía me pregunto cómo hubiera sido el almuerzo de hoy si hubiésemos estado Rami, papá y yo en Primera Junta. ¿Tan bueno como el que fue? ¿Hubiera cocinado él como lo hice yo hoy? Preguntas que sólo yo me hago y de las cuales tengo la respuesta. Sin que esto le quite mérito a nada de lo que imagino o de lo que realmente es hoy.
Porque lo más interesante es que lo genes se potenciaron. Cuando miro a uno, el parecido con aquel me estremece. Cuando me acuerdo de este, los gestos y posturas se reeditan como si estuviera vivo, en el otro. Y estoy seguro que cuando sea grande, Ramiro será muy parecido a su abuelo.
Y sigo destinado a ser el nexo. Y no me molesta. Porque de los que están, tengo su afecto. Y de los que no, la gran ventaja de rescatar lo mejor. De contar sólo las historias que me llevan a lo más feliz de mi infancia. Incluso de inventar alguna que otra cosa, para llenar algún espacio que la memoria se encargó de dejar atrás.
De todas formas, me quedé con las ganas de saber de qué hubiéramos hablado los tres en un almuerzo del día del padre. Aunque hubiese tenido que cocinar yo.